viernes, 14 de mayo de 2010

Pequeña crónica de Ricardo y la bañera

Mi nombre es Ricardo y soy pequeño.
Soy pequeño porque no tengo mucha estatura, no porque no tenga suficiente edad para dejar de serlo. Cuento con 40 años, y es más o menos la misma cantidad de tiempo que a mi estatura le faltó la ambición. Y me quedé corto. Enano.
No es tan diferente la vida para la gente de baja estatura. Trabajamos, nos bañamos, calentamos agua para el café, jugamos a la pelota, nos sentamos en las plazas, compramos gomitas para la grifería, peleamos por el control remoto, nos resfriamos, votamos mal... salvo que nosotros padecemos más las tortícolis, porque pasamos más tiempo mirando para arriba.
Algunos enanos como yo, pensamos estrategias para no sentir tanto el tamaño del mundo, y a veces, gente como yo, para compensar esos días que nos quedaba grande, ya desde chiquitos, cuando nos empezabamos a quedar enanos, le prestamos más atención al suelo que a lo de arriba, como entendiendo que no nos vamos a poder despegar nunca más de esa zona de la vida.
Yo tenía muy pocos años por entonces, y jugaba en las horas de la siesta besuqueándome seriamente con una vecinita que aprovechaba para jugar conmigo también porque parecía un muñeco ya que, nobleza obliga, era mucho más alta que yo a pesar de tener la misma edad. Fue una buena época. El descubrimiento del beso con carácter lúdico es un párrafo aparte en la vida de cada persona. Incluso en la vida de nosotros, los enanos. Es de las cosas que de más grande (de edad) te hacen mirar al techo (lejísimos) y reír sin saber muy bien por qué. Es la clase de juego que necesita uno para entender y aceptar el amor cuando es mayor, aunque el amor no lo acepte a uno.
Pero volviendo a la primera juventud, saltando y corriendo con los pies descalzos cruzaba la casa, a veces desnudo, a veces envuelto en una toalla, dilatando el momento de tener que ir a meter la cabeza bajo la ducha, a llenar los ojos de esa espuma que hacía arder, de jugar empañando el espejo con el que mi padre se afeitaba la cara y descubrir entre el vapor que yo, el niño enano, tenía más caras que la mía propia.
De todos esos juegos, el de mirar por el agujero del desagüe era, si no el que prerería, sí el que más me atraía. El agua se iba... hacía dónde? Qué clase de lejanía misteriosa era esa que llamaban profundidad, que convertía las alturas en abismos? Había algo más abajo del nivel del suelo, yo llenaba la bañera con agua para mirar el remolino que se formaba al vaciarla, para adivinar lo que traían las imágenes de esas profundidades. Era una tarea compleja, pero para una persona como yo, un poco cansada de prestarle la atención al mundo de arriba, mi agujero en la bañera era un arcón de maravillas.
Y de las muchas que ví, hubo una que atesoré en silencio muchos años, y que si hoy la cuento a tan amable auditorio, es para que no me crean poco interesante.
Porque aquí, donde me ven, o hasta donde me ven, yo, mirando por la mirilla del ojo de la bañera del baño, ese baño donde todos se bañan, yo, descubrí con cautela primero, curiosidad despues y verdadero amor al final, una hermosa sirena...

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