jueves, 27 de mayo de 2010

Cuando los conejos se hayan extinguido

El pasto guarda todavía las gotas de rocío. La tierra pareciera rezarle al sol para que no se levante, para que permita la humedad de la madrugada un poco más. El tenue azul del aire se enrieda en las ramas de un pino, improvisando melodías que se funden con los primeros gorjeos de la mañana, con el lejano murmullo de un coro de relojes despertadores anunciando la vuelta a la vida en la ciudad. Todo brilla y es dorado. Chapoteando, un perro marrón corre detrás de algo que no puedo ver y probablemente él tampoco, pero se lo ve feliz. El calor a esta hora es una presa difícil. Ayer fue un día para el olvido, todavía me recuerdo aturdido por las bocinas de los autos estancados en una esquina de los suburbios no muy lejos de aquí. La tensión conseguía que el asfalto en la calle pareciera rodearme, condensándose y retumbando sordo dentro de mi cabeza. Yo sé que pasé toda la noche fuera, escondido detrás de unos arbustos, al acecho, desconfiado, agitado, perdido, perfeccionando mi instinto asesino, imaginando la sangre manchando mis patas, embarrando la tierra, y su claro sonido salpicando mi boca. Pero ahora, asomé mi nariz a la luz y la pesadilla se rompe con la mañana sobre mí como un monton de cristales lloviendo en cámara lenta sobre la tierra. Veo la luna despidiéndose. Quiero aullar, pero sólo puedo suspirar resignado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario