Veo volatizarse
el imprevisto calor del sol
(todavía latiendo en el asfalto),
anticipándose al viento frío
de un otoño que se dibuja lentamente.
Casi percibo la velocidad de los sentidos.
Casi puedo tocar con los dedos
ese llanto y esa ausencia;
esa prescindible magia de vida
(ese como aire de mujer
que me ronda a las siete
y que se condensa entre las nueve y las diez
cuando esta soledad ya se afirma,
cuando ya no duele caminar).
Cuando he visto esos reflejos,
y el agua en sus ojos,
ya he soñado en su flujo,
y he nadado hasta su cenit
para encontrarme sin aire,
cayendo por segunda vez
en esa armoniosa tragedia
que dibuja círculos sobre mi cabeza.
miércoles, 19 de mayo de 2010
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