me paré en el borde de la montaña, afiebrado por la tormenta, saqué mi brújula de plástico esperando que la pequeña aguja imantada le resultara interesante al primer relámpago ansioso que se cruzara por ahí. esperé la descarga ansiando el momento de ver a la aguja perder completamente el control.
me abracé con una pierna a unas raíces gordas, esperando soportar la oleada de viento. El cielo se llenó de luz y como un autómata miré la pequeña brújula, girardo enloquecida, cuando sentí calor. calor extremo. delante mío un vómito de lava blanca se derramaba quemando el suelo dos metros frente a mí. el miedo real es infinito. entonces, entre las flamas eléctricas de esa fracción de segundo vi una cabellera deslizarse como bajo el agua y labios pintados de estrellas y una mano delicada dibujando líneas en el aire. Pero eso no es lo insólito. Lo interesante es que esa mujer vestida de luz me guiñó un ojo.
domingo, 2 de mayo de 2010
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