lunes, 10 de mayo de 2010
Barro Negro
El soldado ya no escuchaba nada. Si cerraba los ojos podía concentrarse en las gotas de sudor bañando su frente, en el calor de la tierra a pesar de la noche, en los leves zumbidos de los tiros rasgando con violencia la vegetación. Pero una vez que los abría, sin el horror del sonido, lo que lo circundaba era una pantomima aún más bestial e irreal. Pensó que en cualquier momento podía aparecer, con toda la lógica del mundo, desde atrás de un árbol, un monstruo bíblico, un pulpo gigante, un centauro con una metralla, apuntándole entre los ojos, para acabar con su vida. La esperanza de esa atrocidad casi lo consoló. Pero no tardó en volver la idea: estaba sólo, estaba perdido, tal vez en el campo enemigo. Sus rodillas temblaban, los pantalones sucios, el par de bolsas de municiones que el pantano había reclamado para sus entrañas. No pensó en banderas, en himnos, en crónicas de primera plana. No pensó en medallas, ni pensó en sus compatriotas. Apenas pudo distinguir dos caras, borroneadas por la angustia, entre el barro negro de sus pensamientos, entre el olor a óxido que era en realidad el miedo, entre el sonido ocre perfecto de ese disparo entre muchos, que reconoció como el que puso final a estas y otras tristes cavilaciones.
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