domingo, 9 de mayo de 2010

... de que las hay, las hay.

Hay una mujer que antes de abrir la puerta de calle pulveriza su perfume sobre la nada para atravesar el rocío. Los labios rojos por un segundo brillan más fuerte.
Hay una mujer que tenía tres muñecas, dos eran sus alumnas, la tercera era su hija.
Hay una mujer que mordió su propia carne para espantar las heridas. El mordido no fue tan real como sus lágrimas aquella noche.
Hay una mujer que camina sola por la plaza, atenta a las formas, los colores, la luz, ejercitando su capacidad de asombro, y creyendo que nadie la mira.
Hay una mujer que finge sus caricias para ofrecer una ofrenda de agresividad triunfante.
Hay una mujer chapoteando bajo la tormenta, corriendo descalza por la cuneta de la calle como si el mundo no existiera. Tal vez sea así.
Hay una mujer que se pasea de contrabando por los sueños de otro que no es el que la puede, viste ropa interior furiosamente roja. La seda la desnuda más de lo que la cubre. El cabello huele como debe oler el amor, suponiendo que el amor tuviera olor a algo.
Hay una mujer que aparece doblando la esquina de la causalidad, te adivina el pensamiento, te sienta debajo de un árbol, te dice que estuvo pensando en vos, y confiesa que está hecha de infinito.
Hay una mujer que aplaza lo inaplazable, jugando un ajedrez caótico, buscando el cuerpo que la abrace para devolver el gesto.
Hay una mujer que espera distraída una lluvia de estrellas.
Hay una mujer que cierra los ojos y se deja besar por la luz de una ciudad perdida. Dios mira la escena y se muere de envidia. Y yo también.

No hay comentarios:

Publicar un comentario