domingo, 30 de mayo de 2010
Distopía
Hay carteles de neón decorando con un poco de luz el pavimento resquebrajado que queda de la avenida principal. Esquivo el manojo de cables de alta tensión enredados sobre restos de vehículos. Mis hijos, los ví por última vez detrás de esos escombros, camino a la esquina. Hace solo cinco segundos los perdí de vista, sin embargo siento que los extravié para siempre. Me quema los pulmones el hollín que se desprende del suelo a la menor queja del viento. Hace cinco minutos que no se escuchan explosiones, pero no tengo esperanzas de que eso signifique un alto al fuego. Corro como puedo. No sé si cada vez respiro menos o el tiempo se está haciendo más largo segundo a segundo. Entre las ruinas de un edificio diviso cuerpos intentando moverse, ponerse en pie, apoyarse contra algo. Imposible reconocer miembros; cada uno un manojo de carne hinchada apenas reconocible por la ropa quemada que la cubre. Nadie grita, el horror es el llanto, los sollozos entrecortados. Mi perro, quién sabe como, se acerca a mí moviendo la cola. No tengo tiempo más que para acariciarle un poco el lomo y continuar. A lo lejos, la tormenta avanza implacable, inconfundiblemente avasalladora.
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