martes, 25 de mayo de 2010

Bocetos de un reencuentro

Recuerdo que desperté. El cielo se encendía. Lentas ráfagas de luz salpicaban el firmamento inundado de nubes y la casi sólida radiación teñía las cumbres de las montañas que nos rodeaban. Amanecían nuestros soles. Una aurora como nunca se había visto se paseaba silenciosamente delante de nuestros ojos, imprevisible y bella. El espectáculo gigante nos enmudeció. Casi se podía percibir el aliento contenido de millones de respiraciones.
Recuerdo haber mirado en dirección hacia uno de los montes más cercanos, en cuyas cuevas y corredores de hielo y piedra fui educado cuando joven, esperando fusionar la visión del cielo con la del lugar del que más gratos recuerdos guardaba: Mis comienzos en el estudio de la música, la agradable disciplina de mis maestros, la camaradería de mis pares, el primer despertar de mi capacidad de asombro. Volví a la aurora. Vi el cielo nocturno incinerado por la aurora e instintivamente corrí, con la ansiedad de poder reforzar esas viejas nostalgias, con la intención de lograr una experiencia que me colme y me deje soñar algo nuevo.
No lo sabía todavía, pero ese día todos los de mi raza percibimos el espíritu por última vez. Participamos de lo único, de lo intangible, de lo que nos funde en una única conciencia que consigue percibirse a sí misma. No imaginamos entonces que esto era un regalo de despedida.
Vimos la masa de nieve que comenzaba lentamente a descender, bailando sobre el viento caprichoso, como si se nos cayera el cielo encima. Algunos hasta levantamos las manos, deseando tocar anticipadamente los millones de copos que planeaban con falsa ingenuidad, cada vez más bajos.

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