miércoles, 30 de junio de 2010

El permanecer

El ocre berreta de mi cabeza, golpeándose contra la pared. El sincopado desastre, la neglicencia, los pobres pensamientos. Las piezas que no encajan. Quién me va a contar esta historia, un despelote... Nadie camina ya estas calles. Me tienen rodeado. Me persiguen. Me dejan de lado. Me olvidan. ¿Existí alguna vez? No hay nadie seguro de eso. El aire fresco de la madrugada del jueves 7 de mayo de 1989. Mi frente caliente, apoyada contra la pared. La rugosidad de un papel pegado sobre el cemento, casi destruído, que flamea, lentamente, periódicamente, que me acaricia la sien, esa que percibe el aliento del diablo en cada parpadeo. Una risa nerviosa, histérica, expectante, típica de quien ha perdido las esperanzas, ha perdido el sueño, ha perdido el amor, ha perdido hasta la capacidad de odiar, reemplazando toda su personalidad por visiones, sensaciones, un instante mirando el horizonte, un instante mirando la calle, un instante mirando el futuro que no va a pasar... esa ambulancia que pasó... pasó en serio o yo la inventé? Estoy creando el mundo? He decidido este viento, esta calle vacía, esta respiración estertórea, esta falta de vos, esta sobre presencia del mundo, como si mi pecho fuera un agujero por el que se decanta toda la vida que me rodea? Transpiro. Me seco. Lloro. Me seco. Soy una piedra, muriendo lentamente bajo los rayos del sol de los millones de días que despiertan y duermen en este rincón de la galaxia.

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