viernes, 25 de junio de 2010

Doble Filo

Tras las rejas el tiempo pasa sin pasar.

Podría comenzar esto admitiendo la ridiculez de haberme encontrado a mí mismo en la palabra navaja, luego de una ejercicio de ocio que se presentó bajo la forma de una lectura trivial. Entiendo que no hay móvil más increíble y patético que la propia falta de autoestima, esa que corona una memoria con la identificación de un estado de ánimo, ridículamente percibido en unos cuántos caracteres escritos por otro.


Muchas veces los hombres se han dedicado, no sin buenos argumentos, a negar la capacidad de las palabras para representar el universo y retratar irresponsablemente lo que toda una vida de conocimiento no llega a concebir ni siquiera aproximadamente, sin recurrir deliberadamente a una piadosa mentira. Esta postulación me resulta totalmente indiferente; la posibilidad de encontrar en la imaginación de otro una referencia casi mágica sobre mi vida me pareció, sino fantástica, al menos sí lo suficientemente factible como para dejarme acariciar por alguna introspección prestada, favorecida de antemano, en donde cualquier figura creara en mí al personaje de un cuento secreto que escribo, que leo y que olvido, mientras se desarrolla el ejercicio de la interpretación. Muchas figuras, entonces, corresponden a la palabra desde este punto de vista de la memoria. La imagen navaja se deja llevar –reflexiono –manoseada por la mano obvia, la del asesino. La navaja de mis vísceras, la que corroe mi conciencia, es lo que ella empuñaba; mi autodestrucción fue su arma, y mi amor era suicidio. No temo al ridículo admitiendo haber confundido en algún momento al objeto con la circunstancia.

Son ineludibles los instantes de visión. Ese amor, metáfora de la carne, se me figuró la marca de un filo caliente en mis manos. Consentí no sin temor a que hubiera un destino para mí desde aquel momento. Sobre todo, me permití la ignorancia de su origen y su propósito. Al fin y al cabo yo era la navaja, y lo que más importaba de mi naturaleza no eran las manos que me sostenían, sino mi triunfo sobre la respiración y el latido. Así entendí una novedosa adquisición personal. Y continué con cierta desesperada despreocupación mis días.

Pero al metal forjado por el calor lo usé, verdaderamente, dos noches de mi vida; la primera para conocerlo, cortando el aire, tímido de su realidad, en una habitación en una ciudad olvidada; de la otra, la que voy a relatar, apenas guardo un cariño circunstancial: lo usé para recordar qué tan roja es la sangre del hombre. De un hombre en cuestión, sin denominada importancia; un feliz. Un hermano en el odio.

La niebla descendía suavemente entre las casas y edificios de la ciudad; tejados grises, balcones de color ocre. Sábado de calles silenciosas y aire pesado. Las paredes respiraban con dificultad, hinchadas como estaban por la humedad; desde el asfalto se volatizaba el aroma nauseabundo que las llantas imprimían en el suelo. Como en una pesadilla, la luz de un viejo farol se confundía con el aire denso. Recordaba, mientras caminaba, los distintos estados del hombre solitario por los que incómodamente me había paseado la vida; reviví, no sin motivo, un sueño de la noche anterior; abandoné la idea de las reciprocidades de las eras y el rol del cargo de conciencia en la vida de un supersticioso (esa parodia de la promesa del eterno retorno de mis culpas; no renegaría de mi destino de instrumento, debía dar testimonio de mi soledad, al fin y al cabo, pues no me quedaba ni el consuelo del remordimiento de conciencia).

La falta de almas en las veredas acentuaba la miseria acuosa en mi interior. El vino había hecho lo suyo, y yo me deseaba en mi cama, con la cabeza despejada, la suerte segura y el sueño tranquilo. Sin embargo ahí estaba, tambaleándome, maldiciéndome, odiando el aliento de mi boca, imaginando con toda ilusoria sobriedad la resaca de la mañana siguiente en un intento inútil por adivinar el destino y anular la sorpresa.

Había conseguido la navaja meses antes. Podía acariciarla, entonces, a través del bolsillo de mi saco; me daba una fresca sensación de seguridad sentirla tan cercana a mis dedos, no porque el barrio donde vivo sea jodido, sino porque los recuerdos me golpeaban (todavía lo hacen), y no es algo que me deje exactamente muy contento. La navaja en este caso me daba abrigo, metafísico o imaginario o efímero o lo que sea, pero estaba ahí y yo no dejaba dar dos pasos a mis piernas sin consentir tocarla y sentirla lista para servirme.

A pocas cuadras lo vi, con las manos cruzadas sobre el pecho, un hombre rezaba en medio de una vereda, seguramente creyendo que su confesión era un acontecimiento privado; su actitud me causó repulsión, me recordó la época en que la fe significaba ser confiado con el destino. Lo odié apenas descifré la entrecortada devoción de sus murmuros, su inocente demencia; apenas lo intuí lejano e inferior entendí cómo terminaría todo. Presentí que mis dedos se deslizaban por el bolsillo. Caminé rodeando sus espaldas, procuré con un par de pisadas fuertes que me oyera, pero él continuaba extraviado en sí mismo. Pude distinguir una lágrima minúscula rodando por su cara, débil, como un insulto, como una humillación a mi entereza; fuerza de místico, debilidad de iluminado. Gritaba mi mediocridad con cada gesto de la suya.

Busco imágenes que retraten segundos indescriptibles de indecisión, ensayo pasajes que se asemejen a la piel cubierta de sudor frío y tímida reticencia de un hombre asustado, intento analogías que expliquen desesperación y locura; lograría dar con todas esas herramientas si acaso alguna de ellas correspondiera realmente con el sentimiento que verdaderamente asocio a esa noche.

La navaja la clavé justo entre las costillas; esperaba de todo corazón haberle reventado un pulmón, esperaba que su sufrimiento durara lo que duraría mi desinterés antes de darme cuenta de lo que había hecho. Fue mucho después que sus ojos se abrieron para siempre, mirando su propia inmovilidad, perdidos en el gris cemento de la vereda, infinitamente; su agonía no me conmovió, por eso no escapé; y estoy aquí.

Hay noches en que la recuerdo, que todavía puedo imaginarla entrar por alguna puerta, y abrazarme. Esas noches, la navaja, aunque ya no está conmigo, me posee en el recuerdo, propicia el instante que entre todos los que vivo es el que más aprecio; me rememora, me habla, me acaricia desde su terrible desconfianza, me respira desde el filo. Sé que, a pesar de todo, le doy seguridad. Quizá algún día su espíritu me use para vengar la vida que tomaron mis manos. La esperanza de ser encontrado y convertirme en verdadera herramienta es lo único que me recuerda que todavía tengo en mi alma la capacidad de amarla, de seguir esperando sus pasos caminando detrás de mí, buscándome, quizá percibiéndome en sus bolsillos.

Quizá sea ella quien logre conservarme.

A Juan Carlos Oviedo

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