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Aquella noche me encontré pensando en las posibilidades ya lejanas de haberme perdido en el pánico, en la calle empedrada y fría de mi ciudad, tan cerca del Nilo, en las nieblas tibias, en la noche pesada, pesándome sobre los hombros. Me recordé perdido, entrelazado en la débil fibra del tiempo, una aguja en el pajar cósmico, en el ojo del camello de El Padre, en la posibilidad de desaparecer en cualquier momento. En la muerte.
Recordé esas mis tragedias y me sorprendí de repente libre, dueño de mi fuerza otra vez, midiendo mis sentimientos con una balanza que se inclinó por la fortaleza de la irresistible tormenta, y por ella explicándome el significado de la muerte para que siga dando miedo pero por otras razones mucho mejores ya. Sabiéndome capaz de sortear el remolino, desenrrollar el espíritu, volver a un viento quieto real, pensé en internarme en el desierto para acallar el río en mi interior.
La conciencia es saberse rodeado por la Parca, saberse con el agua hasta el cuello, mirarse a los ojos borrachos justo cuando se recupera la conciencia. Es la certeza de estar viviendo un universo lógico, ordenado, exacto, a pesar de lo ilógicas, desordenadas e inexactas que son nuestras pequeñas vidas, esa percepción de feliz injusticia, esa necesidad de confiar, su paradoja intrínseca.
Fue entonces cuando bajé de mi animal para siempre, y caminé las arenas amarillas de este desierto, bajo el sol, con la sola fe en mi locura, la última partícula que me quedaba firme en el alma, como escudo y espada. Las amadas tormentas nunca me alcanzaron, el consuelo de ver un animal nunca me abrazó; ningún oasis, ningún espejismo me depararon la sensual hipnosis de la geografía arenosa. La noche vino a mí, con más calor que el día, y mi cuerpo se desplomó como se desploma por el peso la ceniza de un cigarro.
Un intenso amarillo fue mi puerta de entrada a la última conciencia.
domingo, 27 de junio de 2010
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