miércoles, 2 de junio de 2010
Cerdos
Se regocijan, se retuercen de placer con el sonido plastificado y gomoso de sus carnes, de la grasa que chorrea sienes abajo y que más de un transeúnte confundió con lágrimas, de los surcos de sal que dibujan las formas más extrañas en la ropa sudada, acalorada, gastada y estirada. Se deleitan con los sabores, con los olores, con los ruidos, con la temperatura de los cuerpos. Se buscan las cavidades (el ombligo es la preferida para mirarse horas ahí dentro, esperando que algo surja, que emerga) y ejercitan la imaginación pensando en las partes del cuerpo que no se alcanzan a ver.
Disfrutan las caminatas, porque no hay nada que hacerle al sobrepeso, y no hay parque lo suficientemente grande para transpirar tanta dedicación culinaria. Se buscan silenciosamente y se hacen el amor. No necesitan camas de agua ni chivos expiatorios por el estilo, sus coitos son nutridos en sonidos y humedades. Todos sabemos que los cuerpos más pesados poseen más atracción y ellos son la Ley de la Gravedad hecha carne, grasa, sangre, y un montón increíble de intestinos.
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ESTE ESTA GENIAL
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