domingo, 20 de junio de 2010

Victoria

Probablemente fueran ya demasiadas las veces que la soñó. No contaba las ocasiones, pero tendían a ser numerosas comparadas con la nada que representaban y a la que de alguna manera aludían. Arrastraba por esto un poco de cansancio verdadero, un poco de ingenua apatía. No tenía suerte con su cuerpo pesado ni con el vértigo que sufría en esas alturas. Vibraba, prepotente, la imagen de la mujer en sus sueños. Sabía que aunque no la viera, aunque ni la conociera, siempre estaba mirando ella desde detrás de alguna pared inadvertida, vigilando su torpe fidelidad y la necesidad de una rutina.

Cierta madrugada, por fin, Victoria lo despierta. Lo dejó dormir más de la cuenta para que disfrutara por fin de una noche sin un sólo sueño, pero ahora, animada al verlo moverse en la cama, lo mira divertida, restregándose los ojos con las manos. Levanta sólo un poco las sábanas y con un dedo señala al otro lado de la persiana el día húmedo y frío. Sopla un abrazo con las piernas.

El sol bosteza resignado al soborno del cuerpo contra el cuerpo y desatiende su trabajo para que el día tarde un poco más en comenzar.

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