Nos levantamos de la cama y repasamos con la mirada la dinámica cotidianeidad de la calle desde nuestra ventana a prueba de realidad. Afuera, un perro saca a pasear a su dueño, un vendedor de diarios llora porque le han robado su tira de buenas noticias, un niño con la cabeza apoyada sobre las rodillas mira las palomas caer muertas al intentar posarse en un transformador eléctrico de alta tensión.
Ella saca un brazo ya frío que en el contacto con el aire exterior no reacciona, por lo que deducimos lo poco agradable del día.
La miro a los ojos-remolinos y florece una palabra en mis oídos. Me distraigo placenteramente dos segundos, creyendo escuchar una melodía que vibra y me hace pestañear los ojos.
Le ofrezco mi mano y ella la toma, pero es ella quien me conduce. La cama nos vuelve a rodear, el sueño nos vuelve a abrazar, el día no empezó, el planeta no giró, y el reloj parece estallar de tantos tictacs acumulados sin despertar la angustia de nadie.
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