martes, 8 de junio de 2010

La Puerta

Sube el tercer piso por las escaleras. Los peldaños se suceden a un ritmo regular debajo de sus tacos. Lleva una falda corta, con un corte en diagonal que apenas se disimula detrás del largo sobretodo de cuero probablemente marrón. Un brazo oscila con fastidio cada dos o tres pasos, el otro se apoya sin demasiado interés sobre la baranda. Los labios levemente separados soportan resignados la respiración, apenas agitada. La mirada fija hacia el frente, en busca de la siguiente pared, de un descanso en la escalera, de una nueva pendiente que encarar.
Pero no, ha llegado. Se detiene a pocos metros de la puerta para examinarla, con impaciencia tal vez. Reconoce la madera oscura, reconoce los rayones y grietas que el tiempo y alguna uña nerviosa labraron en la veteada superficie. La juzga cotidiana y sin pensarlo recuerda la última vez que apoyó en ella la espalda para llorar. La vida se ve muy distinta desde ese lado del pasillo.

La razón de su regreso a ese lugar la devuelve a sus pies. Levanta el puño a la altura del hombro, deteniéndose un instante en el que siente latir su corazón con tal intensidad que pareciera que por primera vez éste cumple con su trabajo. Golpea tres veces y espera. Su pulso se va calmando a cada parpadeo. Aprendió a medir el tiempo en función de la costumbre de llevarse las uñas a los dientes cada vez que la angustia comienza a volverse insoportable. La ausencia de sonidos le obligó a preguntarse otra vez cómo terminó allí. Piensa que aunque ya ha llamado, todavía no es demasiado tarde. Da la vuelta decidida a volver tras sus pasos.

Parpadea, desiste de morderse las uñas con un gesto de asco. Inclina la cabeza hasta hacer crujir los huesos del cuello. Las manos buscan el abrigo de la solapa del sobretodo, los recuerdos avanzan más rápida y fuertemente que la necesidad de detenerlos. Mil veces había subido ya las mismas escaleras, mil veces había llamado a la misma puerta, mil veces había renunciado a aguardar. Dos luces sin vida se le reflejaron en los ojos. Su parpadeo por un segundo se vuelve un reflejo. Lo advierte y recuerda que los suicidas en el último segundo antes de estrellarse contra el suelo, se llevan las manos a la cara intentando amortiguar la caída. La baranda de la escalera se vuelve el soporte que carga con ese simulacro de suicidio que es retomar la escalera, mientras la puerta se abre, cruje la madera, y ella con terror se siente sin referentes de espacio, perdida en una invisible prisión sin arriba ni abajo.

Un grito que se ahoga en la garganta es un delgado hilo de miedo. No ve a nadie.

La puerta vuelve a su lugar. Su mano hace girar la perilla. Había vuelto a engañarse al creer escuchar que golpeaban la puerta. Sería ésta ya la milésima vez. Mira al interior del departamento con los labios apoyados a la madera oscura. Percibe los mismos rayones y grietas. Recuerda la última vez que apoyó en ella la frente para llorar. La vida se ve muy distinta desde ese lado del pasillo.

Desde la entrada del edificio una suave y fría brisa asciende tres pisos. Al llegar a la puerta, el aire se disipa. La quietud vuelve al pasillo, a las escaleras y al alma. Y las mismas piernas buscan ahora una cama donde olvidarse en un sueño.

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