Se levanta a las cuatro de la mañana para poner a calentar el motor del Fiat 600. La radio AM informa que hace el suficiente frío como para malograr la misión por algo tan nimio como un desperfecto con el motor. Mientras lo enciende mira con el rabillo del ojo la preciada carga en los asientos traseros, el retrovisor no es lo suficientemente inmenso para ilustrar tal cantidad de futuro latente descansando sobre los sillones recién retirados de la tapicería. La carrocería vibra como un perro rabioso, esperando el momento justo para dar la mordida puntual. Vuelve a la cocina, busca un paquete de galletas en el aparador, se sirve agua que dejó ya hervida en el termo la noche anterior, vertiéndola en una taza con cuatro cucharadas grandes de café. Siente la necesidad de no pensar, de no dirigir sus pensamientos, de actuar sin control, de convertir su capacidad de espontaneidad en impulso animal.
El sol se asoma por sobre los cerros del este. El día que todavía no es día empieza con una casi noche anaranjada. Él la interpreta como furiosa. A velocidad más que normal encara las calles más patéticas del barrio periférico, en busca de las avenidas que lo lleven al río, tramando combinaciones que configuren en su mente, con sus zigzag de calles, puentes, esquinas y encrucijadas, una música épica. Quiere una entrada triunfal, quiere ver pasar sus últimos momentos como deslizándose a través del suave pero inexorable cauce del Xibi Xibi, como cuando navegaba en los gomones en su infancia.
Nadie sabe, nadie podría saber, que en un autito tan pequeño puedan entrar tantas garrafas de gas, o que un hombrecito tan insignificante como él, pudiera haber perpetrado, o concebido siguiera, la idea de dejarse estrellar sobre la fachada de la casa de gobierno, cual terrestre kamikaze.
lunes, 21 de junio de 2010
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