... y si hemos de ser sinceros, deberemos empezar por admitir que él prefiere otras frutas. Pero ahora, mientras la mira morder un bocado rojo con su boca roja, descubre la razón por la cual la ingenuidad no mueve al mundo.
Ella, que lo mira divertida, entiende a medias el cambio fundamental que se va a operar en unos instantes. Quisiera atribuir el cambio de comportamiento de su compañero a su propia coreografía labial, contrayéndose por el dulce masticar y ácido engullir, confusión entendible si tenemos en cuenta que aún no reparó en su propio cuerpo, hermoso, desnudo y virginal.
Nosotros miramos la escena con la ternura y comprensión de los padres orgullosos. Interrumpimos fugazmente nuestra curiosidad para felicitarnos y pronosticarnos excelentes resultados. Alguien descorcha una botella de vino que se encarga de llenar en copas, pero también hay quien bebe directamente del pico, con ansiedad.
Ella, allá dentro, extiende la mano para alcanzarle la manzana. Él, con decisión engulle un pedazo casi sin masticar, hipnotizado por una cumbia que cascabelea irrespetuosamente detrás de una pila de cocos huecos con restos de licor.
Al ritmo descabellado de esa música, sin control, balancean los cuerpos, enajenados de amor, soplados sobre una suave corriente de aire tropical, improvisando una danza que sacrifica la gracia en pos de la exhibición descarada de las partes más prominentes y palpitantes de los cuerpos. Ni los árboles ni el agua ni las piedras pueden dejar de observar y envidiar un poco ese fervor animal en su mejor versión. Y como animales corren, ella entre el follaje con paso no tan veloz, y él, que jadea detrás y revuelve la lengua mecánicamente dentro de la boca.
Descienden una montaña exageradamente salpicada de verde. El sol arde entre las hojas para definir los contornos de los cuerpos en la penumbra.
Cuando por fin él la alcanza o ella se deja alcanzar, caen al suelo y comienzan a deletrearse la piel con la piel sin mucha técnica. Tórpemente se muerden, se lamen y pellizcan. Tantos son los puntos del cuerpo del otro que les demandan atención. De repente, se están mirando a los ojos demasiado cerca, y en un segundo, adivinan en las húmedas pupilas del otro temblorosos futuros de lealtad, dolor y resignación. Sin dudarlo ni entenderlo, se rozan las lenguas.
Un momento después se están retando mutua y silenciosamente en a una competencia de besos. Evalúan la duración, los ruidos, la saliva y la conclusión agitada de la respiración. Se tocan más de lo que debieran, pero nosotros los dejamos. No hay hostilidad ni intenciones de censura detrás de las cortinas que nos ocultan. Se lastiman los labios con los dientes, miran la sangre, se familiarizan con ella. El sabor pronto se vuelve inolvidable. Retrasan todo lo que pueden la conversación de los cuerpos, porque intuyen que lo mejor tiene que quedar para el final.
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