Y si les soplás los ojos, no reconocen el lugar
donde la sal que quema la piel rompe el viento
y la luz miel es el único remedio para el frío.
Donde nadie abraza a las mujeres rendidas y fervientes
que han parido hijos ciegos y que endulzan placeres
que el reloj da cuerda a su antojo.
Parra y vino del deseo, la línea de mi mano
desdibujó un trazo negro de luz que se extinguió.
Tu silencio que no amaina, y yo que caigo, y tantas veces ya
que no quisiera volver a encontrarte.
¿Qué pasó aquella noche que pudimos inventar una anécdota mejor?
Restregamos nuestras caras, y se besaron las narices
ofendidas de extrañar.
Y se escondieron tras las piedras, y se escondieron tras las bocas
y se escondieron tras las letras hasta que las paredes emergieron.
Entonces se ocultaron tras los besos hasta que tu muro cayó a los pies del sol.
jueves, 17 de junio de 2010
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