miércoles, 23 de junio de 2010

Infanticidio

Hay monstruos que esperan debajo de la cama, que alargan la noche, que recuerdan una siesta y un callejón solitario cerca de la ermita de Guerrero, rodeado de eucaliptos fríos y enjambres invisitbles, que vibran en un patio mal iluminado, una noche húmeda, con un sapo apaleado, a un costado de la pista de aterrizaje de los relámpagos en tu propia casa. Se vuelven intermitentes, como ese juego de las escondidas que jugaste con la Muerte, que con su guadaña fue decapitando uno a uno a tus amigos, mientras te buscaba, mientras te confundía. Miedos que aparecen súbitamente pero se dejan intuir horas antes, como ese día en que sentiste por primera vez la necesidad de conservar tu vida, esquivando el auto, recordando la palabra mágica, respirando profundamente bajo el agua, cayendo desde lo más alto, con el miedo entrando por tus ojos, deformándolo todo como si lo vieras a través de un lente ojo de pez. Dan más miedo que animarte a golpear por fin la nariz de ese amigo grandote con el puño, y darte cuenta que no cayó, que empezó a sangrar, que no tenés más valentía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario