viernes, 4 de junio de 2010
Apago la luz y
Ella sonríe. Yo harto, cansado de ver sus fotos y de adivinar los aromas. Sabe sonreír. Los lunes de frio y las madrugadas sobre todo, cuando me besa la frente prolongando fines de semana que no quieren terminar. Lo sé. Le tiendo la boca para soñar. Le ofrezco mis lágrimas, camufladas de risas, y los cumplidos de rigor. Sonríe otra vez. Mis manos se vuelven groseras, tiemblan, quieren tocar, poseer la imagen del tacto, imprimir sus memorias en mi mente. Presiento ese tirón vertiginoso que es la felicidad. Y me gusta. Y sonreímos hasta la siguiente noche.
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