Anoche soñé con un grito que rebotaba entre estas paredes. El eco era eterno. Cuando por fin parecía perder el sentido del oído y librarme de ese tormento, mi pecho comenzaba a temblar con las vibraciones. Su continuidad era sencillamente intolerable. No podía nunca dejar de percibirlo. Finalmente encontraba paz escuchándolo y perdiéndome en él. Me olvidaba de esta realidad de piedra y humedad y frío. Estas cadenas nada significaban porque mi carne no me necesitaba más. Y así yo era libre.
Ese sueño me sugirió una solución imprevista a la pesadilla del encierro y al misterio del hombre que estuvo destinado a salvarnos y nunca llegó. Puedo percibir la negligencia del planteo. Pero supongo que también yo necesito creer en algo.
Él accedió a cada instante del tiempo para volverse el tiempo mismo. No hay lugar ni momento en este universo que estén libres de su presencia. Él todo lo ve; tal vez todo lo influya. Cuando esta influencia se expande, vivimos su universo.
“¡Desvaríos de viejo!” dirán ustedes. Sí. Puede ser. No importa. Estar cuerdo o no, no es importante. Más útil me ha parecido imaginar estos universos que se han desprendido de estos intentos de ficción.
En alguno de ellos nunca dejamos de cultivar las artes y el espíritu. Contemplamos con tranquilidad y respeto el cielo cristalino de nuestro mundo, y medimos nuestras estrellas y las demás de la bóveda cósmica y sus distancias entre sí para percibir el sacro amor que se despierta en el alma al intuir la proximidad del infinito.
En alguno de ellos han sentido piedad por mi vida. Mis palabras no se pierden en el vacío y la locura, y plenamente justificadas estas paredes no tienen que escucharme, porque el viajero, que ya todo lo ocupa, consuela mi soledad con una no menos solitaria atención.
domingo, 4 de julio de 2010
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