sábado, 3 de julio de 2010

(El dibujante conversa con su hoja de papel madera, carbonilla en mano, en medio de la oscuridad, imaginando los trazos que su mano esgrime...) 

-Corté retazos mentales, poblé y despoblé cejas, ceñí a veces más, a veces menos, los tendones de la mandíbula; he fantaseado con la dulce curvatura de los hombros, del cuello, de la nuca. Giré la imagen dentro de mis ojos, la estudié con luz, en penumbras, alegre, impotente, envejecida, incansable. La probabilidad de la imagen me acosó mil veces; mi estómago crujió de hambre, pero invariablemente seguí, busqué. Sin embargo mi papel no se ha convertido en carne, mi carbonilla no se volvió sangre. No puedo imaginarme todavía el perfume, no acabo de encontrar el tono exacto para el color marrón en los ojos. ¿Deshago otra vez? ¿Me arriesgo a perder el propio hilo de esta ardiente imaginación? Difícil trabajo el de un dios, pensando, perfeccionando, amando ingenuamente ese nuevo ser, que es parte suya pero a la vez otro, que es completamente influenciable pero irrepetiblemente independiente, tanto como para dejarse evolucionar fuera de uno, para levantarse, caer, retozar y llorar por sus propios medios por este terrible universo que habitamos una vez aceptamos el acto de creación: una caja pequeña inserta en otra más grande que a su vez reposa insospechadamente en una más inmensa, y así, hasta volver inútil la cuenta...

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