lunes, 5 de julio de 2010
Ella y yo, sentados ante el norte que se ilumina
Ella y yo, sentados ante el norte que se ilumina. La miro y los ojos se le llenan de lágrimas, pero persiste en una sonrisa, a lo mejor para no desanimarme, a lo mejor para fortalecerse a sí misma. Delante de ese norte, que es solamente un punto, o mejor dicho, entre ese punto que no alcanzo a ver, y nosotros, las columnas de humo descienden rabiosas y anhelando el suelo. No quisiera estar en este momento en ningún otro lugar que no sea aquí, con ella. Le hablo despacio con un murmullo que solamente ella entiende, sobre los campos verdes, las frutas frescas y la brisa de la primavera. Leves zumbidos en el aire nos van acariciando letalmente para conseguir nuestro silencio. Ella cierra los ojos. La realidad nada tiene que ver con nosotros ya, podemos terminar este paréntesis sensorial y volver al cobijo de nuestras propias almas, en busca de esa pasión que originó el universo.
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