sábado, 3 de julio de 2010
Necrofilia de las almas
(...) La sensualidad se mide en la capacidad para despertar en el otro la fascinación por el viejo instinto de la búsqueda de lo divino. Es esa instancia la que define y diferencia el amor humano del amor absoluto. La necesidad de lo que no se posee, de lo que completa e incita al sometimiento. Ella ejercía todo ese poder conmigo a través de sus caderas, de los círculos que describía su cintura, prácticamente análoga a despertar dentro de un sueño inducido por una droga. Imposible negar que amaba tanto esa situación como me dejaba inhibir deseoso de la circunstancia. La dualidad de esas sensaciones se condensaban en un solo punto del momento, casi siempre correspondiente a cuando mis manos se deslizaban con facilidad impregnándose del sudor que en su espalda florecía...Ella me poseía, yo era nada a su lado. Ella, la muerta, que ahora se convertía en mi más grave secreto, pues aunque la enterré aquella noche, ella me acompañó aquella noche al pie del hueco mientras las estrellas dibujaban una curva sobre el fondo del cielo, mientras el rocío comenzaba a humedecer mis hombros, mientras la sombra de sus cabellos, que la luna proyectaba, le recordaba su presencia a mis espaldas aterradas de amor, como alentando mis fuerzas gastadas, como pidiéndome por única vez un favor hacia ella.
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