martes, 20 de julio de 2010

Carta de amor sobre un sueño

Yo pensaba y trataba de adivinar. Tus movimientos se veían calculados, pero no había un patrón, no podía adelantarme a ninguno de ellos. Igual casi podía jurar que tu respiración obedecía a un ritmo, a una canción que no podía escuchar pero que se veía, que mostraba su poesía a los ojos. Algo divino y eterno había en tu muñeca, en la forma que tenía de moldear y cobijar el aire a su paso. Tu cuerpo era un único destello que encandilaba, pero sin lastimar la vista. Te veía enfrente mío, me hablabas y yo no sé si te escuchaba o qué, embobado como estaba. Subías sobre las esculturas más grandes y hermosas del mundo a bailar, sobre la cabeza redonda de un buda de piedra construído sobre el pié de una montaña, que a la vez era el indio de Humahuaca, trepando sobre golems, desafiando el equilibrio, el viento y mi propio vértigo. Hombres y mujeres, pero hombres sobre todo, te rodeaban y querían tocarte. Yo que soy celoso, ya sabés, tuve esos celos que no son precisamente celos sino un desvelado sentido de pertenencia mal entendida, pero no había caso. Era tu cuerpo, era tu respiración, tu aura o tu talento. Desde todos los puntos cualquiera estaba tan lejos de alcanzarte como lo podía estar yo, que soy sólo otro hombre más. El sueño me dejó sin embargo un consuelo minúsculo, que no por pequeño deja de ser importante. Yo estaba entre los demás y tal vez me sentía como el resto, pero sonreía adentro mío, porque sabía que al despertarme, esa muñeca que me derretía por dentro era real, y me esperaba.

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