Ese sonido ocre, la melodía de la calesita que empezó a rodar;
miramos con un sentimiento parecido al amor ese estúpido juego
al que tanto insistía en llevarnos mamá
del que tantas anécdotas le escuchamos a papá
del que no queríamos saber nada, es cierto,
porque nosotros soñábamos con vampiros y momias en un tunel del terror,
con arañas cayendo inertes y plastificadas sobre los hombros,
y otras partes del cuerpo especializadas en sufrir el miedo.
Calesita de mierda, vómito de colores erosionados, juego perverso
al que nos subimos igual, porque no éramos felices
pero aprendíamos a jugar a la felicidad por la felicidad de los otros
y sonreíamos para las fotos, y nos caíamos del caballo,
y destrozábamos nuestros oídos con la avinagrada música,
un domingo, otro más, perdido, anónimo en las frías márgenes
de un tiempo que acariciaba triste el otoño.
jueves, 8 de julio de 2010
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