viernes, 17 de septiembre de 2010

Uno de cavernícolas

Matuc golpeó la cabeza de su compañera contra el borde de una piedra hasta ver la sangre brotar roja y caliente; la piedra era la misma donde un momento antes la cabeza del niño se había estrellado bajo las manos de ella, la mujer, la madre, que había dejado que su mente se desatara con una ráfaga de locura incubada en el cansancio provocado por tanto escucharlo llorar día y noche. El niño no habría querido disgustar así a la madre, pero tenía desde hace varios días una pequeña infección en una muela, que había colaborado y no poco con su malestar. La imposibilidad de detener el dolor y la impotencia de no poderle expresar su necesidad de ayuda a los padres lo desesperaron. Y su madre se había cansado de esa pequeña criatura molesta. El niño había sido el único varón que ella había parido despues de cuatro mujeres que de no haber sido por la llegada del niño habrían sido sistemáticamente violadas por el padre buscando la descendencia requerida. A su llegada a la cueva, casi de noche luego de otra infructuosa jornada sin lograr cazar ni siquiera un roedor, Matuc vio a su único hijo, inerte y azulado, con la cabeza colgando como un muñeco, y a la mujer con una expresión de terror como pegada en el rostro que se protegía la cara con las dos manos como adivinando lo que iba a venir. La tomó de los pelos, miró las arrugas que ahora salpicaban todo su rostro, adivinó que la edad habría sido la culpable de esas vejaciones sobre la piel y entendió también que la mujer no pariría ni un hijo más, nunca más. La golpeó hasta que no escuchó más los gritos, hasta que se olvidó del cuerpo de su hijo tirado unos metros más atrás, hasta que el azote del viento húmedo soportado durante todo el día en sus espaldas dejó de doler y de arder. Hasta que su mente, loca y enferma de miedo, frío y soledad, comenzó a pensar con lascivia y brutalidad en las cuatro hijas, que esperaban fuera de la cueva a que se repitiera el ritual que tantas veces habían visto a su madre padecer.

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