Continuación ....
Ahí entendí que se había vuelto completamente loco, y locos íbamos a estar nosotros si le hacíamos caso. Recuerdo que Miriam se persignó tres veces cuando escuchó salir la fría sentencia de muerte de la boca de Camilo. Fueron incontables segundos de pantomima estúpida, como si ninguno se sintiera cómodo ni seguro del papel que le tocaba interpretar. Pero como las incoherencias con más incoherencias se anulan, salieron de no sé dónde la mujer y los hijos y hasta el perro de Camilo, todos con viejas máscaras de gas y antiparras desgastadas. Semejante escena podría haber resultado cómica y absurda para vos, para mí, para cualquiera, pero en ese momento en el que sólo se escuchaba el silencio de la muerte paseandose por el barrio y las ondas de viento que raleaba oleadas de gas de color mortecino, solamente sentimos el terrible escalofrío de lo absurdo de la verdad.
- Rivera, cambie esa cara de tarado. Necesito que usted y su mujer nos escolten con su camioneta afuera de la ciudad. Lo primero que tenemos que hacer es escapar de los sobrevivientes.
Miré a mi alrededor, a pesar que todo seguía funcionando como siempre, que las lámparas y el ruido del transformador de electricidad en el poste de la esquina sonaba irremediablemente normal, la calle y la manzana y tal vez el barrio lucían invariablemente la quietud de la muerte, el silencio de la muerte, el suave silbido del más allá posándose sobre el más acá. ¿De qué sobrevivientes me hablaba? ¿Cabía la posibilidad de que Camilo albergara alguna esperanza? ¿O le había avisado a alguien más, y ahora desconfiaba en encontrarlo?
De repente me di cuenta: Nosotros, mi mujer y yo, también eramos sobrevivientes...
- Camilo, cuénteme cuál es el plan.
- Por ahora no hay plan, solamente escapar. En cuanto esta plaga que es la primera de cuatro se aleje, tal vez tengamos oportunidad de planear la respuesta al próximo ataque.
Sus palabras en el infinito espacio muerto alrededor sonaron más descorazonadas de lo que parecían.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
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