Hoy a eso de las siete de la tarde nos tiramos a la cama con Miriam. Estábamos exhaustos. La campaña en la que trabajamos nos necesitó repartiendo volantes desde Santa Rita hasta Barrio Arenales. Como es invierno, a las seis y media conseguimos que nos dejen en paz. No son barrios amistosos y si bien estábamos con los matones del partido, no había nadie interesado en quedarse mucho más tiempo ahí. Nos tomamos un colectivo en una parada a la vera de la ruta, y silenciosamente viajamos hasta nuestra casita. Don Germán, su papá, nos había cedido el terreno que había conseguido del estado. No conocí nunca un hombre más generoso que él, y darnos un lugar para construir nuestro hogar es solo una muestra de lo que digo. Cuando llegamos inmediatamente nos descalzamos. Un olor a pata impregnó todo el ambiente, pero no era desagradable, pues tenía la naturaleza de las cosas compartidas, como respirar el mal aliento del otro a la mañana o soportar ciertas manías higiénicas. Con Miriam estábamos por cumplir ya tres años de casados. Ni ella ni yo hablábamos abiertamente de tener hijos, a lo mejor porque somos jóvenes. Nos bañamos y nos tiramos a la cama desnudos y abrazados. No hicimos el amor, tanto era el cansancio que llevábamos encima. A las diez y cuarto de la noche, llegó Camilo y tocó ruidosamente la puerta. Me vestí a ver quién era y la cara descompuesta por la impaciencia de mi vecino me dio asco...
- Rivera, salga, tengo que hablar con usted.
- Qué pasa?
- Salga por favor, le comento aquí afuera.
El B6 cuando llegamos era un sector del barrio bastante hecho mierda. Con el correr de los meses se operó una transformación no demasiado drástica, pero favorable. En la cuadra que seguía había hasta una plaza y esa noche todos los focos de las lámparas que daban a la calle funcionaban bien. Como me hacía frío afuera de la casa, animé a Camilo para que me dijera lo que quería decir.
- Mire, no sé cómo explicarle, pero voy a ser directo, para no perder el tiempo. Lo importante de este asunto es que me escuche y no pierda la cabeza.
- No quiere andar con rodeos y sin embargo no me dice lo que está pasando.
- No es fácil vecino.
- No me importa, si no me lo dice me vuelvo a la cama.
- No puede volver a la cama, no todavía. Le pido una cosa nada más. Hoy a la medianoche algo extraño va a ocurrir, el aire se va a enrarecer, como aquella vez que hubo una fuga en Zapla.
- ¿Cómo es que si sabe de una fuga, me viene con cuentos a mí y no va a la seccional a hacer la denun...
- No Rivera, no hay una fuga, va a ser como si hubiera una fuga de la fábrica. Además la fábrica ya no trabaja más. Lo que va a enrarecer el aire es una fuga mayor que no vamos a ser capaces de detener.
- Usted está borracho Camilo.
Recordé con impaciencia por el frío y el sueño las últimas semanas, que casualmente habían sido semanas de borrachera frecuente en mi vecino. Una madrugada nos despertamos alarmados porque en su borrachera, Camilo estaba golpeando a su mujer. Los golpes cesaron enseguida por suerte.
- No estoy borracho Rivera, y fijesé que con lo que le digo puede hacer lo que se le cante. Solamente estoy aquí porque usted me despierta simpatía. Necesito que me crea, pero si no quiere, allá usted.
- Bueno, no se ofenda...
- A la medianoche el aire se va a enrarecer. Tengo algo para usted.
Camilo corrió hasta el auto de enfrente y abrió el baúl. Volvió con dos máscaras de gas, viejísimas.
- Estas me quedaron del poco equipamiento que me pude chorear como recuerdo de la Guerra de las Malvinas. No me pregunte por qué, sólo úselo, y dele este otro a su mujer. Si acepta usted lo que le pido, lo cito a las cuatro de la mañana, a que nos encontremos, máscaras de por medio, aquí, en la vereda de su casa, para ver qué vamos a hacer con lo que se viene.
Camilo dio media vuelta sobre sus talones y se metió en su casa. Yo confieso que no le presté la debida atención, porque me sentí harto de su presencia apenas hube abierto la puerta para atender a sus nerviosos golpecitos sobre la chapa. Después sucedió todo de repente, y la medianoche se nos vino encima, y la niebla de gas nos invadió la casa, y vimos a la gente de la cuadra salir de sus hogares gritando y agitando los brazos y vociferando malas palabras al cielo. Miriam y yo miramos todo desde atrás de las celosías de las ventanas de casa. Cerramos todo muy bien. La cuadra parecía haber sido bombardeada por bombas de gas, pero ni señales había de aviones, helicópteros, o lo que fuera que nos arrojaba la venenosa neblina.
Después de una hora, todo calló. Ahí entendí por qué Camilo había sugerido las cuatro de la mañana para nuestra reunión; esperaba que todos los que pudieran interponerse en lo que fuera que habría de seguir, murieran para que no sean obstáculos. Esa sangre fría de mi monótono vecino me espantó. No estuve tentado de hur porque Camilo podía muy bien vigilarme desde su casa, al frente de la mía. Me limité a esperar la hora fijada y salimos con Miriam a la calle. La neblina todavía no se había disipado, pero era mucho más permeable la visibilidad. Como había imaginado, Camilo me estaba observando y salió apenas pusimos nosotros los pies fuera de la puerta. Nos abrazó, nos tomó fuertemente de las manos, y aunque su voz salía apagada por la máscara, Miriam y yo le escuchamos decir con horror:
- No se asusten. Es el fin del mundo. Armarse de coraje. Tenemos que aguantar un poco más, a nosotros nos tocan otros padecimientos que vivir.
Ahí entendí que se había vuelto completamente loco...
lunes, 6 de septiembre de 2010
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