jueves, 30 de septiembre de 2010
Rebeca
"... cómo podría olvidarla, en la peor época juro por la Virgen que la imagen de Rebeca se me cruzó más de mil veces al día, desde todos los ángulos posibles, bajo todas las luces y sobre todas las oscuridades que pude imaginar... Llegué a figurarme incluso detalles de ella, las arrugas en el regazo de su vestido verde contrastando con las de sus manos, largas y afiladas, su respiración y su voz quebrada tan agradable, o empuñando el tono abiertamente desafiante que pocos le conocimos esos años de atroz militancia; Rebeca, encarando y poniéndole su inmensa dignidad a sus últimos momentos... Hubiera querido ser más valiente, lo sé, pero estaba Germán, mi primer hijo... Era de no creer lo que su madre y yo habíamos pasado para conservarlo... Durante los meses jodidos de gestación no se había logrado disminuir ni un poco mi esperanza por verlo nacer, verlo crecer. Lo habíamos buscado, eso lo teníamos claro con Lourdes, a pesar de la juventud. Rebeca, con toda la diferencia de edad de por medio, entendió nuestra necesidad y nos dejó abrirnos un tiempo, lo cual fue bueno porque pudimos dedicarnos exclusivamente a eso y malo porque a la par incubamos el miedo a perderlo. Y entonces la pesadilla. Lo habíamos buscado y no podíamos perderlo de ninguna manera. Cuando se empezaron a suceder una tras otra las complicaciones, los dos tuvimos un amague de derrumbe, como personas y como pareja. Increíblemente no hicimos nada por levantarnos, no hicimos nada por apoyarnos, y sin embargo permanecimos juntos, sabiendo que podía ser una causa perdida, víctimas creo yo del miedo a la soledad y a volver a ser lo que fuimos antes de ser alguien juntos... Pero un embarazo tan riesgoso es un asunto demasiado lejos de las manos terrenales. Teníamos algo de plata y pagamos tratamientos, pero no era mucho lo que se podía hacer en esa época, científicamente hablando. Casi nos olvidamos esos meses de nuestra militancia, escondidos en esa gruta nuestra que era el departamentito húmedo y con pulgas de dos por dos en Villa Rivera, mirando al río. Juntamos guita porque no veíamos la hora de salir de esa pocilga, pero pasó lo que pasó y primero estuvo el chico; primero él. Cuando supimos que afuera todo se había fatalmente complicado y nos enteramos que estábamos marcados, el embarazo inesperadamente se normalizó. De un día para el otro. No hubo opciones, sentimos que de ese milagro dependía todo nuestro futuro. Llegó Cardozo, un jueves de abril me acuerdo, y nos tocó la puerta. Yo apenas la entorné, con miedo. Nos reconocimos y hablamos así; nunca lo dejé entrar a la habitación. Él tampoco insistió. No teníamos escape y tanto él como nosotros lo sabíamos. Él en ningún momento demostró la violencia que tan famoso lo hizo, era extremadamente agradable, pero su sola presencia fue bastante para entender que estábamos hundidos en mierda. Esa mañana de otoño, Lourdes y yo dimos los nombres reales de Rebeca y del restro de nuestros compañeros, y acto seguido armamos un par de bolsos y tomamos los billetes de micro que el policía nos entregó en un sobre de papel madera, y sin ningún tipo de plan previo ni especulaciones al respecto, probablemente sin esperanzas también, viajamos a Brasil, donde un par de meses después Germancito nacía, mientras que todos nuestros amigos se despedían groseramente de la vida."
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