Gerónimo retrocedió dos o tres pasos con los ojos mirando inertes al portarretrato que ocupaba el centro de la mesa familiar. Afuera la tormenta caía con fuerza. Los perros de la alameda retozaban en el barro; brillaban bajo los últimos rayos del día las peligrosas dentelladas, los músculos domésticadamente salvajes y las frías gotas de lluvia. Gerónimo creyó entrever en los juegos de los animales una escena de violencia. Trocó inconcientemente la gélida escena por otra donde el agua era roja y los mordiscones eran mortales. Los perros no eran perros; eran él y sus hermanos, y se veían igual que cuando eran niños. No había madre ni padre alrededor. Los gruñidos eran cada vez mayores y las ropas se convertián en retazos que descubrían sus cuerpos velludos, sudorosos, expectantes. Ya no eran pequeños y se arrastraban ensangrentados, desgarrados y exhaustos. Los aullidos eran numerosos y de variadas naturalezas. Los truenos de vez en cuando lograban disimular los adoloridos sollozos, porque también en la guerra más carnicera se lloran lágrimas amargas. Cuando por fin se terminaron de despedazar, la luna comenzaba a asomar entre las nubes violetas. Sin saberlo del todo, Gerónimo entendió lo que debía hacer. Abrió el cajón de una cómoda, sacó el arma, y se disparó en la sien.
El portarretrato tambaleó por un segundo por el estruendo, pero no se cayó.
domingo, 5 de septiembre de 2010
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