sábado, 11 de septiembre de 2010

Casi

Eliana entró con la inercia cargada por los últimos días. Se dirigió derecho hacia la mesita de luz. Algo en la habitación no le cerraba, algo había fuera de lugar, aunque no podría precisar el qué. Abrió el primer cajón y comenzó a sacar desprolijamente los papeles, las cajas de anticonceptivos vacías, un par de cremas que ya no usaba. Con impaciencia las iba arrojando sobre el cubrecamas. Al final, se quedó con un monedero pequeño, sujetándolo con las dos manos. Cayó de rodillas con la vista perdida en la pared y el pequeño monedero aprisionado entre sus dedos pequeños y rechonchos. Sintió en la punta de la nariz un olor que le trajo recuerdos dolorosos; si hubiera considerado el asunto un par de gramos más en serio, habría entendido que no había ningún olor, que no había ningún elemento físico que le excitara esa memoria en particular. Pero se dejó transportar a esa silenciosa y por qué no, también deliciosa, pesadilla surgida por quién sabe qué extrañas fuerzas que empujaban desde lo más profundo de su ser. El monedero volvió al cajón y el resto de las cosas ocuparon su tranquilo desorden anterior. Todo volvió a ser como fue, pero ella nunca volvería a ser la misma.

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